Confesiones sobre el pololeo*

No entendía por qué no podíamos pololear* ¿Cuál era el problema?

El nombre de la autora se ha omitido, LDS.org
Traducción por Camila Vargas

Nunca me consideré alguien que rebajara sus normas. No usaba ropa inmodesta ni faltaba a la Iglesia los domingos. Iba a seminario en la mañana diariamente y nunca me significó un desafío utilizar un buen lenguaje. Sin embargo, salir con chicos fue distinto.

Conocí a Jonathan** en un campamento de verano para jóvenes. Al comienzo, sólo actué de manera amistosa porque no me sentía mayormente interesada en él. Pero al pasar de los días, nos convertimos en algo más que simples conocidos y al concluir la semana, intercambiamos nuestra información de contacto. El campamento se realizó fuera de mi Estado, por lo que grande fue mi sorpresa al enterarme de que Jonathan no sólo vivía en mi Estado sino que también en la estaca vecina; sentimiento que sólo se vio en aumento cuando a los meses después recibí un correo de su parte.

Empezamos a escribirnos. No lo veía muy seguido porque vivía a una hora y media, pero mantuvimos una amistad constante durante meses. Ni él ni yo habíamos cumplido los 16, por lo que salir en pareja no era siquiera una opción.

Ya es oficial

Varios meses después, nos volvimos a encontrar en las mismas circunstancias, con la diferencia de que en ese entonces ambos teníamos 16. Nuestra amistad creció y para cuando acabó el campamento, me dio pena tener que separarme de él.

Tras llegar a casa, seguimos hablando cada vez más y en cuestión de meses, estábamos oficialmente pololeando.

Al principio, todo estaba bien. Nos turnábamos para viajar a vernos dos veces al mes. Me hice muy cercana a su familia y él a la mía y cada noche pasábamos horas hablando por celular o por internet.

Justificaba nuestra relación pensando que ambos teníamos 16, que vivíamos a hora y media de distancia así que nada malo pasaría, y que aun cuando el folleto Para la Fortaleza de la Juventud insta a “evitar salir con frecuencia con la misma persona” ([2011], 4),  no parecía tan importante.

Terminar y volver

Pese a que manteníamos una distancia física, nos involucramos emocionalmente con rapidez. Luego de un año y algo de relación, sentí que nos habíamos acercado demasiado por lo que terminé la relación. No fue sino hasta después, que me enteré de todo lo que había dañado a Jonathan.

Cortamos la comunicación por alrededor de un año, pero cuando nos encontramos en la universidad, no tomó mucho tiempo retomarla. Me di cuenta de cuánto lo extrañaba y me arrepentí de haber terminado con él.

Al poco tiempo estábamos saliendo otra vez y debido a que habíamos estado pololeando en la secundaria (pese a las recomendaciones que nos advertían de lo contrario), nuestra relación progresó aún más rápido que en el pasado. Me sentía fascinada con él. Nos veíamos todos los días y llegamos incluso a hablar acerca de matrimonio y de una vida juntos a futuro. Meses después, estaba convencida de que lo esperaría mientras estuviera en la misión y que nos casaríamos a su regreso.

Un final no tan feliz

Semanas antes de la llegada de su llamamiento misional, lo fui a visitar. Acababa de vivir una semana terrible y estaba ansiosa por volverlo a ver. Noté que estaba comportándose de un modo extraño pero no le di mayor importancia. Quiso que saliéramos en auto como teníamos la costumbre de hacer, pero me sentí intranquila. Tras conducir un rato, nos detuvimos.

-“No creo que debamos seguir pololeando”, dijo.

Estaba en shock.

Continuó diciendo que ya no me amaba y que no quería ser mi esposo al volver de la misión. No quería ni siquiera seguir saliendo conmigo.

Me fui de allí enojada, triste, frustrada, pero por sobre todas las cosas, con el corazón roto. Lloré todo el camino de regreso a casa, molesta conmigo misma por haberle dado dos años de mi vida a alguien que no ahora no me amaba.

Por el espacio de meses, no pude superarlo. Me aferraba a la idea de que cambiaría de parecer, que de un momento a otro me amaría de nuevo, tal y como había dejado de hacer. No lograba concentrarme en clases y no podía divertirme. Me sentía herida y deprimida.

Durante esa dura etapa, estudié las escrituras como nunca antes había hecho y oré fervientemente día tras día para hallar la ayuda que necesitaba para superar esta prueba. Deseaba que el Señor aliviara mi dolor. No sucedió de un momento a otro, pero sí empezó a disminuir. Comencé a dejar que el Salvador sanara mi corazón roto y a ver en qué me había equivocado.

Las normas, una guía segura

Cuando empezamos a salir en la enseñanza media, no me percaté de las implicaciones negativas de no seguir las pautas de Para la Fortaleza de la Juventud. La vida en ese entonces me parecía bastante buena. Me estaba yendo bien en el colegio y con Jonathan nos estábamos divirtiendo. Pero después de terminar, me di cuenta de lo que había dejado de lado. Sacrifiqué una mejor relación con mi familia y amigos por estar tan concentrada en mi pololeo con Jonathan. Me provoqué mucho daño por estar así de comprometida emocionalmente a temprana edad; y a pesar de que la decisión de pololear joven no me llevó a violar la Ley de Castidad, permití que la relación me hiriera. Si hubiera seguido las normas en lugar de considerarme una excepción a la regla, podría haber evitado estas consecuencias.

Después de esta experiencia, aprendí una valiosa lección: El Señor nos da reglas no para impedir nuestro progreso, sino para guiarnos de manera segura a través de esta difícil vida. Sé que cuando seguimos las normas, aun sin comprender el porqué de su existencia, estaremos protegidos.

Más información

Para más información respecto a por qué se aconseja no tener una relación en la etapa de la adolescencia, diríjase a “El salir con jóvenes del sexo opuesto”, disponible en https://www.lds.org/youth/for-the-strength-of-youth/dating?lang=spa y a “Pero estábamos enamorados”, haciendo clic en el siguiente enlace https://www.lds.org/youth/article/but-we-were-in-love?lang=spa&cid=NEFeb14.

Ayuda con las decisiones

“Ustedes son amados hijos e hijas de Dios y Él los tiene presentes… Las normas de este folleto les ayudarán con las decisiones importantes que están tomando ahora y las que tomarán en el futuro”.

Mensaje de la Primera Presidencia, Para la Fortaleza de la Juventud (2011), ii.

En sus marcas ¿listos? No

El Presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Salir en citas constantemente con un persona es cortejar, y… cortejar no debe ser pospuesto hasta que hayan salido de la adolescencia” (“You’re in the Driver’s Seat,” New Era, June 2004, 8).

“’Pero’, ustedes dicen, ‘claramente no somos ‘pareja’, entonces estamos bien’ ¿En serio? Si están interesados románticamente en una persona y están saliendo (o juntándose) sólo con esa persona, son novios, lo que corresponde a un precursor natural del matrimonio. Y ya que ustedes como adolescentes no están en condiciones de casarse en un futuro cercano, no tiene sentido hacerlo.”


*Se ha traducido la expresión inglesa “steady dating” como pololeo, ya que se refiere a una relación socialmente aceptada en la cultura occidental entre los jóvenes adolecentes en la que se sale a citas a menudo con la misma persona. Ambos participantes se enfocan e involucran sentimentalmente solo el uno con el otro. Los líderes de la Iglesia siempre han desincentivado este tipo de relaciones entre los jóvenes adolescentes. El concepto de pololeo existe en Chile, en otro países latinoamericanos se les llama “enamorados”, “novios”, etc. Este concepto no debe confundirse con el “noviazgo formal” según se lee en los folletos y manuales de la Iglesia, este concepto de relación sentimental tiene como objetivo el matrimonio en un futuro cercano desde el comienzo mismo de la relación, no así el “pololeo”.

** Los nombres reales han sido cambiados

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