Experiencias en el Templo de Santiago: ¡Por Fin! (Familia Eterna)

Nota del editor: El siguiente es el primero de una serie de artículos escrito por Thomas E. Lyon, Presidente del Templo de Santiago (2007-2010). Quien ha tenido la bondad de compartir sus registros con nuestro medio. El propósito de compartir estas historias y experiencias es dar a conocer lo sagrado e importante que tienen las ordenanzas del Templo para los miembros de la Iglesia. 

El día sábado 8 de marzo de 2008, el templo de Santiago presenció el cumplimiento de muchos y largos ayunos, miles de oraciones familiares, y años de angustia y esperanzas. En ese día el hermano José Alejandro Arévalo Bernales, de ochenta años, y la hermana Teresa de Jesús Arias Cordero fueron sellados por la eternidad. Han sido miembros de la Iglesia por más de treinta años, criando a seis hijos en la Iglesia; cinco de estos hijos sirvieron una misión de tiempo completo. Pero, por el hecho de que el hermano Arévalo se había casado anteriormente y después de un corto período se había separado de esa primera esposa, no podía casarse legalmente con Teresa. Fueron bautizados miembros de la Iglesia de Jesucristo en 1977 pero no podían gozar las bendiciones del templo por no estar legalmente casados. En 2005 Chile aprobó una ley permitiendo el divorcio, y después de largos trámites legales José y Teresa pudieron formalizar su matrimonio y prepararse para el templo. Llegaron con mucha anticipación, apoyados por dos hijas y muchos miembros de su barrio.

Después de la sesión de investidura ellos entraron en la sala de sellamiento para esperar la ceremonia que uniría a su familia. Al entrar yo, me encontré con este matrimonio mayor, sentado en el sofá de los novios, y no pude menos que pensar en la dulce ironía de estos novios mayores y sus dos hijas, Jimena y Giovanna, sentadas en ambos costados, cuando por regla general los novios jóvenes están rodeados por sus madres. Después de algunas palabras de felicitación y agradecimiento, pude pronunciar las palabras que sellaron eternamente a este fiel matrimonio.

Luego las dos hijas, las únicas que actualmente viven en Chile, juntaron sus manos temblorosas con las de sus padres y escucharon con amor y emoción su propio sellamiento a sus padres. Ambas hermanas sollozaron, llenas de gozo después de tantos años de esperar, de orar, de ayunar. Después de la ceremonia todos se abrazaron, llorando, y contemplaron su pasado y futuro en los espejos del templo. La emoción del momento fue tangible. Jimena dijo, “Mamá, no sabes cuánto hemos esperado este día.” La madre respondió, “Yo también; ahora estoy comenzando a comprender el amor eterno de la familia.”

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