Lo que la conferencia general me dejó

¿Creen ustedes que fue mera coincidencia que, tanto el presidente Packer como el élder Perry, se hayan referido a la familia en sus últimas palabras sobre esta tierra?

FALTA ALGO MÁS de una semana para la próxima Conferencia General, en la que todos los Santos de los Últimos Días alrededor del mundo nos congregaremos para participar de las Sesiones, tanto del sábado como del domingo. Y es que dicha reunión logra abarcar todo lo que las personas necesitan saber hoy a fin de dirigir sus vidas conforme a los principios de revelación.

Sigue al profeta, sigue al profeta, lo que él dice, manda el Señor” fueron las frases que aprendí desde pequeño en las aulas de la primaria del Barrio Lagunillas. Como muchos de ustedes quizá, desde temprano se nos familiarizó con el llamamiento sagrado del ungido del Señor sobre la tierra, y el rol que éste cumple como profeta, revelador y vidente. El testimonio vivo de que Dios no duerme, sino que vive. El testigo especial del Cristo resucitado.

Hay aún algunas notas que me recuerdan la vital importancia de la profecía en estos días. “Sin profecía, el pueblo se desenfrena“, por ejemplo. Hoy en día la profecía es imprescindible para controlar el desenfreno evidente de nuestra sociedad. La profecía es necesaria como barrera de contención ante el peligro de la inmoralidad, el doble estándar, la frivolidad, el abuso, etc. Son muchos los males que se evitarían si tan sólo prestáramos mayor atención a las palabras de nuestros profetas.

Como algunos habrán notado, esta conferencia será muy especial dado que tendremos el privilegio sagrado de sostener, junto con los otros trece, a dos de nuestros hermanos como apóstoles, profetas videntes y reveladores, quienes ocuparán las vacantes ocasionadas por el fallecimiento de los élderes Packer y Perry.

Será una sesión con sentimientos encontrados. La alegría y disposición que habrá al sostener a los nuevos apóstoles, llenos de energía para servir en tan noble llamamiento; y la consternación que sentiremos al no reconocer entre los rostros de los Doce a nuestro querido presidente Boyd K. Packer y al amoroso élder L. Tom Perry.

Ambos compartieron con nosotros poderosos testimonios. La última vez que nos dirigieron la voz en el púlpito del salón de conferencias, la emoción nos embargó al ver la súplica ferviente que elevaron al invitarnos a cuidar a nuestras familias. Ambos entregaron promesas proféticas. El élder Packer, con una voz acabada pero poderosa compartió: “La mayor recompensa que hemos recibido [junto a la hermana Donna Packer, su esposa] en esta vida, y en la venidera, son nuestros hijos y nuestros nietos. Al acercarnos al final de nuestros días  juntos sobre la Tierra, agradezco cada momento que la he tenido a mi lado y la promesa que el Señor ha dado de que no habrá fin.” Hoy esas palabras tan dulces resuenan en mi mente. Él comprendía por qué había venido a este mundo. El conocía el Plan de Felicidad.

El élder Perry, por su parte testificó: “Permítanme terminar [su discurso] testificando (y mis nueve décadas en este mundo me dan el derecho de decir esto) que mientras más entrado en años estoy, más me doy cuenta de que la familia es el centro de la vida y la clave para alcanzar la felicidad eterna. Doy gracias por mi esposa, mis hijos, mis nietos y mis bisnietos, y por todos mis primos, mis suegros, mis cuñados, mi familia política y demás parientes que hacen que mi vida sea plena y, sí, aún eterna.”

¿Creen ustedes que fue mera coincidencia que ambos se hayan referido a la familia en sus últimas palabras sobre esta tierra? Después de todas las enseñanzas impartidas, testimonios compartidos, consejos, principios y doctrinas enseñadas, ambos testificaron de que la familia es la parte central del plan. Los dos apóstoles más antiguos – salvo sólo el Presidente Monson – encontraron en “La Familia” la conclusión del Plan de Felicidad.

Esta conferencia será para mí una ocasión de fortaleza, de inspiración. Una oportunidad de sentir, de escuchar y ver. “Sigue al profeta, sigue al profeta, lo que él dice, manda el Señor”.

Diego A. Jiménez

Diego A. Jiménez

Traductor at El Faro Mormón
Estudiante de administración de empresas con mención en finanzas. Actualmente vive en Coronel, Chile. Sirvió como misionero en Bahía Blanca, Argentina. Ha sido presidente de rama, obrero Templo Buenos Aires, maestro de Seminario e Instituto, presidente de los Hombres Jóvenes de estaca y actualmente es miembro del Sumo Consejo. Apasionado por la música y la pesca y sigue las columnas de opinión.
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Diego A. Jiménez

Estudiante de administración de empresas con mención en finanzas. Actualmente vive en Coronel, Chile. Sirvió como misionero en Bahía Blanca, Argentina. Ha sido presidente de rama, obrero Templo Buenos Aires, maestro de Seminario e Instituto, presidente de los Hombres Jóvenes de estaca y actualmente es miembro del Sumo Consejo. Apasionado por la música y la pesca y sigue las columnas de opinión.

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