Manteniendo la fe durante la Revolución mexicana

Los mormones y el movimiento de Emiliano Zapata

Moroni Spencer Hernández de Olarte es el autor del artículo que presentamos a continuación. Este trabajo fue publicado en Meridian en Español hace algunos meses atrás y  con el permiso de Moroni publicamos este interesante artículo en El Faro Mormón.

Moroni nació en Ciudad de México en 1982. Estudió su licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma Metropolitana de México y realizó sus estudios de Maestría en la misma universidad. Sirvió su misión de tiempo completo en la Misión México Merida entre los años 2004  y 2006. Ha participado como expositor en diferentes conferencia y congresos en México como en el extranjero. La revolución mexicana, en especial el zapatismo y la historia de las religiones en especial la de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días  han sido sus áreas de investigación.  El siguiente trabajo es muestra de ello.

Los volcanes. Colección particular, cortesía de Francisco Marcos Cano Jasso.

En noviembre de 2008 me dirigí a la población de Amecameca, localizada en las faldas del volcán Popocatépetl, con el propósito de entrevistar a Clorinda Aguilar Páez, una mujer mayor y miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que, me decían, sabía muchas cosas sobre la Revolución en México.

Al llegar a su hogar fui recibido por su hija, me pidió que subiera a la recamara de su madre a quien encontré lista para la charla que teníamos programada. Durante la amena conversación, Clorinda mencionó que su abuelo, José de la Luz Bautista, había sido presidente municipal del poblado de Atlautla durante los álgidos años revolucionarios. Para ella su abuelito José “…era un mormón de hueso colorado…”

Clorinda Aguilar Páez, Amecameca, Estado de México. Fotografía: Moroni Spencer Hernández de Olarte.

Al año siguiente (2009), me encontraba en el poblado de Tecalco, buscando a Hermelinda Galicia López, a quien me habían recomendado entrevistar porque “…era hija de un revolucionario…” Al encontrarla amablemente aceptó darme una entrevista. La plática fue tan emotiva e interesante que acordamos una segunda visita. En la segunda vez que conversé con ella, nos dirigimos al cementerio municipal y en la tumba de su padre hizo una declaración que llamó mi atención:

“…Mi papa se casó con mi mamá, ella era mormona… y se la llevó a la Revolución… mi papá decía que Zapata estaba guiado por Dios… porque era un hombre muy sencillo, de muy buen corazón…”i

Sin duda, las dos declaraciones anteriores fueron la punta de lanza para lo que sería una investigación llena de descubrimientos sorprendentes en donde la fe, la perseverancia, la valentía y el arrojo de los miembros de la Iglesia mexicanos fue indiscutible.


Hermelinda Galicia López en la tumba del Coronel Florencio Galicia Castillo, Tecalco, municipio de Ozumba, Estado de México. Fotografía: Moroni Spencer Hernández de Olarte.

La Iglesia en el centro de México.

Era el mes de agosto de 1901 cuando Ammón M. Tanney, encargado de la Iglesia en México, organizó la pequeña Rama de Tecalco con Febronio Pérez como presidente de la misma. Poco a poco y gracias al espíritu misional de la época, esta pequeña congregación crecería. Familias completas de las poblaciones de Amecameca, Ozumba, Atlautla, Tepetlixpa, Tecalco, Chimalhuacán, entre otras, se unirían al mormonismo. Para los líderes y miembros de la rama, las palabras expresadas por el apóstol Moisés Thatcher en la oración dedicatoria del país para la predica del evangelio pronunciadas en el legendario volcán Popocatépetl en abril de 1881 se estaban cumpliendo.

Si bien, los miembros de aquella época, en su mayoría campesinos, se sintieron felices por saberse parte de la “…verdadera Iglesia de Jesucristo en la tierra…”i, su vida cotidiana no era tan sencilla. Su país -México- era gobernado por el presidente Porfirio Díaz, quien ostentaba el poder desde hacía varias décadas. En comunidades como Ozumba, Tecalco, Amecameca y Atlautla las haciendas eran parte vital de la economía. En estas, los salarios eran bajos y el trabajo arduo. Si bien el gobierno había logrado pacificar al país, esta “paz” se obtuvo a base de represión y alianzas con poderes políticos que en muy pocas veces velaban por los intereses del pueblo.

Tal era el contexto del país cuando en 1910, Francisco I. Madero, insta a la población a iniciar la Revolución. Su llamado tuvo un eco inesperado entre la población más humilde de la República Mexicana. Muchos caudillos comenzaron a seguirlo, entre ellos Emiliano Zapata.

Emiliano Zapata Salazar encabezaba el ala agraria de la Revolución y se mantuvo en pie de lucha por más de 10 años. Su influencia se extendió en los estados de Morelos, Puebla, Guerrero, Tlaxcala, la Ciudad de México y el Estado de México, incluidas las comunidades en donde años antes se habían asentado los mormones.

General Emiliano Zapata a caballo. Dominio público.

Zapatismo y mormonismo

En la etapa inicial de la Revolución los miembros de la Iglesia se mantuvieron neutrales. Sin embargo, en el año de 1913 la situación del país se desborda. El líder de la Revolución -Francisco I. Madero- es asesinado e inicia el periodo más cruento del proceso revolucionario. Las colonias mormonas de norte de México emigran hacia los Estados Unidos y los misioneros norteamericanos que evangelizaban el centro del país, se ven forzados a salir de territorio mexicano. En este sentido, los miembros de la Iglesia en el centro de México se enfrentaron a dos realidades, por un lado, guiarse por sí mismos y por otro, elegir a que facción apoyar.

Es Emiliano Zapata y su movimiento quien capta la atención de los miembros de la Iglesia. Zapata no era de la elite del país, por ello, los mormones (muchos de ellos campesinos) se identificaron mucho más con su causa que con la de otros caudillos. Además, el apoyo que los lideres zapatistas dieron a los miembros de la Iglesia permitió que a mediados de 1913 la mayoría de los “…mormones de Ozumba, Atlautla y Tecalco…”i pidieran refugio en el cuartel zapatista de Tecomaxusco, comunidad localizada en las montañas cercanas al Popocatépetl.

El general zapatista Gregorio S. Riveroii encargado de dicha guarnición, pidió autorización a Emiliano Zapata para aceptar a miembros no católicos en su campamento. La respuesta fue positiva.

General Gregorio S. Rivero a caballo. Colección particular, cortesía familia Rivero.

 

Los miembros de la Iglesia en un primer momento solo ayudaban en tareas domésticas: juntar leña, buscar alimentos, reparar y limpiar armas, mantener limpio el terreno, entre otras cosasi.

Con el paso del tiempo y al conocer más a fondo la causa que Zapata y sus jefes revolucionarios defendían, comenzaron a preguntarse si era correcto pelear por defender sus libertades. Fue en ese momento en donde las enseñanzas contenidas en el Libro de Mormón les inspiraron. Recordaron historias como la del capitán Moroni y su estandarte de la Libertad, la de Helamán y sus dos mil jóvenes y poco a poco comenzaron a apoyar en los combates contra el ejército de Venustiano Carranza, el cual, para muchos zapatistas “…no tenía respeto por los lugares de Dios…”. ii

Es interesante notar que los miembros de la Iglesia no pelearon en todas batallas, los registrosiii muestran que solo lucharon para defender Tecalco, Ozumba y Amecameca, lugares con una gran carga simbólica-religiosa para ellos.

Gracias al cuidado y protección que Gregorio S. Rivero y Emiliano Zapata les otorgaban, los mormones comenzaron a entender y amar la causa que ellos defendían y afirmaron que “…Dios guiaba a Zapata…”iv “…Zapata era un hombre de Dios…”v “…La causa era Divina…”vi

Bajo esos conceptos muchos miembros de la Iglesia comenzaron a destacar como líderes morales y como soldados dentro del campamento de Tecomaxusco. De ellos, quien sobresale es el capitán primero Pablo Rojas, quien entre 1889 y 1901 es bautizado en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días manteniéndose fiel hasta su muerte ocurrida entre los años 1915 y 1916.

Pablo formó parte del Ejército Libertador del Sur bajo las órdenes del general Gregorio S. Rivero. Según los documentos encontrados en la casa de Rivero, Pablo Rojas tenía bajo su mando a 50 hombres, con ellos participó en más de 12 combates. Uno de los últimos ocurrió a finales de mayo de 1915, en donde las tropas del Coronel Cirilo Solís (quien también se encontraba bajo las órdenes de Gregorio S. Rivero) se enfrentaron a los ejércitos carrancistas que deseaban tomar e incendiar Tecalco. Lamentablemente entre 1915 y 1916, Pablo Rojas muere en combate y con ello se pierde toda pista sobre él. No obstante, sus compañeros revolucionarios mormones y los no mormones lo recordarían como un hombre valiente, leal y “…defensor de los de su fe…” vii

Sin duda el campamento zapatista de Tecomaxusco es singular, ya que en él convivieron personas que profesaron religiones distintas en una “perfecta” armonía. En este tenor, mormones y católicos empuñaron las armas bajo la batuta de Perfecto Carmona, Gregorio Rivero y Pablo Rojas.

Esta “libertad religiosa” dentro del campamento de Tecomaxusco originó que las prácticas religiosas de los mormones -aunque consideradas extrañas ante los ojos de los no mormones- no fueran prohibidas. El coronel Perfecto Carmona recuerda (se respeta la redacción original): “…los mormones leen un libro del mormón, le dije a mi general que mientras esas cosas les den valor que las lean…”viii

Es interesante resaltar que los miembros de la Iglesia trataron de mantener su fe y ordenanzas puras, buscando en la medida de lo posible realizarlas. El Coronel Perfecto Carmona al narrar los servicios fúnebres realizados en memoria de un soldado mormón refiere:

“…le cantaron oraciones, pero no hubo rezos, ellos no creen en eso. Solo lo vistieron de blanco cantaron y lo enterraron… los jefes fuimos a darle el pésame…”ix

La lealtad que los miembros de la Iglesia manifestaron a lo largo de los años revolucionarios, nunca fue olvidada. El general Rivero en una carta fechada en 1923, escrita para defender los derechos del Sr. Barragán quien era miembro de la Iglesia, escribe:

“…los mormones son derechos, antes de la revolución unos de san Juan teuititlan fueron grandes amigos míos… pido le sean devueltas sus reses al señor Barragan, quien fuera un soldado ejemplar bajo mis ordenes, y su fe no le quita honorabilidad a mis ojos es una garantía de lealtad…”x

La fe que los miembros de la Iglesia mantuvieron durante los difíciles años revolucionarios los unió. Al regresar a Tecalco se organizaron para reconstruir lo que la guerra había destrozado. Entendieron que defender a sus familias, fe y libertades había sido su deber y lo habían cumplido.

Gracias al valor mostrado por muchos miembros de la Iglesia durante la Revolución, el camino para la prédica del “…mensaje mormón…”xi se allanó. En los años postrevolucionarios, los misioneros regresaron, las “casas de oración” abrieron sus puertas y las ordenanzas se realizaron nuevamente.

Al salir del cementerio, caminé con paso lento junto a Hermelinda Galicia… en un momento se detuvo, dirigió su vista nuevamente al cementerio y me dijo:

“… Al término de la Revolución, mi papá -Florencio Castillo- tomó su carabina, sus pocas balas que tenía, su carrillera, su machete y todo lo que usó mientras fue coronel zapatista y las enterró en un solar,… porque la guerra ya había terminado… y nunca las desenterró… mi papá siempre fue un buen mormón…”xii

La historia de estos hombres y mujeres miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no debe ser olvidada, las líneas anteriores muestran solo una pequeña parte de lo que se está descubriendo sobre estos pioneros mormones mexicanos, quienes en medio de una Revolución mantuvieron su fe activa y gracias a su sacrificio el “…mensaje mormón…”xiii hoy día es más fuerte.

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