[Opinión] Cuidado en cómo respondemos a las críticas contra la Iglesia

Frecuentemente encontramos en Internet información o comentarios que apuntan a atacar el buen nombre de la Iglesia y/o sus líderes pasados o presentes, probar que sus doctrinas no están en armonía con lo revelado en la Biblia (o que no podrían originarse del mismo Dios), o a burlarse de las prácticas de nuestros miembros, sean éstas parte de su adoración o bien aspectos culturales que se hayan adoptado como resultado de la convivencia entre miembros de la Iglesia.

Esto no debería sorprendernos ya que siempre ha sido así, pero sí debería preocuparnos la reacción que como miembros de la iglesia tenemos en los medios, tales como redes sociales. Es cierto que hemos hecho convenio de tomar sobre nosotros el nombre del Salvador y de ser testigos de él en todo tiempo y en todo lugar, pero en ocasiones tengo la impresión de que muchas de nuestras respuestas y reacciones no están a la altura de estos convenios.

Cuando digo que no están a la altura, me refiero a que en ocasiones éstas son violentas, arrogantes, inexactas o reflejan enojo y una falta de deseos de lograr un verdadero y sano entendimiento, que se traslade a una sana convivencia. Quisiera dar algunos ejemplos y citar palabras de los profetas que, en mi opinión, nos brindan una pauta a seguir a la hora de defender el evangelio.

Muchas veces, al ser atacada la doctrina de la Iglesia, algunos miembros comienzan a atacar a su vez a quienes la atacan. He visto frases del estilo “ya verán en el día del juicio”, “espero que puedas arrepentirte”, “deberían leer las escrituras” y cosas similares que difícilmente podrán ablandar el corazón de una persona ni hacerla sentir comprendidas.

Siendo un converso a la Iglesia y habiendo sido misionero, me encontré muchas veces en ocasiones similares y nunca he visto a alguien después de una discusión acalorada decir “tienes razón, ahora que lo has explicado lo comprendo mejor”. El espíritu de contención no puede traer acuerdo ni armonía entre las personas, su resultado es mayor contención o la sumisión de una parte a la otra.

Quisiera considerar la siguiente cita de José Smith, según un informe de Eliza R. Snow: “Cuando las personas me manifiestan la más mínima bondad y amor, ¡oh, qué poder ejerce aquello en mi mente!, mientras que un curso contrario tiende a agitar todos los sentimientos ásperos y contristar la mente humana” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, Capítulo 37).

Algo que muchas veces va de la mano con la contención es la arrogancia manifestada, a mi parecer, en las declaraciones de quienes muestran un sentimiento de superioridad moral por aceptar y vivir los principios de la Iglesia frente a aquellos que no los conozcan, los hayan abandonado, o que por cualquier motivo los ataquen. Quisiera señalar esta escritura de Alma en El Libro de Mormón: “No digas: Oh Dios, te doy gracias porque somos mejores que nuestros hermanos, sino di más bien: Oh Señor, perdona mi indignidad, y acuérdate de mis hermanos con misericordia. Sí, reconoce tu indignidad ante Dios en todo tiempo” (Alma 38:14).

Muchas otras veces los miembros no conocen cabalmente la razón de que en la Iglesia exista tal o cual práctica o mandamiento, y eso genera discusiones que ni siquiera deberían existir y que, a menudo, son mal manejadas, así como rumores que nunca han sido comprobados o razones que no son las oficiales para hacer o no hacer algo.

Todo esto no quiere decir en absoluto que no debamos defender el evangelio u ofrecer corrección a quienes manejen información incorrecta, o explicar las razones detrás de nuestro estilo de vida. Tal como lo enseñó Pedro: “santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para responder con mansedumbre y reverencia a cada uno que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15, negrita agregada).

Debemos buscar la mutua comprensión, el manejo claro de doctrinas y hechos históricos, la aceptación de aquellos para quienes el entendernos les es sinceramente difícil sin transar ni ceder en nuestros principios.

Debemos honrar la actitud que reflejó el profeta José Smith al escribir lo siguiente: “No culpo a nadie por no creer mi historia. De no haber pasado las experiencias que he tenido, yo mismo no la hubiera creído”. (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, Capítulo 45)

Recordemos, además, que el mismo profeta fue “perseguido por aquellos que debieron haber sido [sus] amigos y haberme tratado con bondad; y que si me creían engañado, debieron haber procurado de una manera apropiada y cariñosa rescatarme” (José Smith-Historia 1:28)

Al esforzarnos por ser verdaderos discípulos del Salvador y dar a conocer su mensaje, procuremos que se nos comprenda y también comprender a otros. Defendamos nuestras creencias con firmeza pero con cortesía, independiente de la actitud de otras personas teniendo en mente lo que enseña el proverbio “la blanda respuesta quita la ira, más la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).

Imagen destacada: Contexto.

Daniel Ojeda Escobar

Vive en Santiago de Chile. Estudió Ingeniería de Ejecución en Informática en la Pontificia Universidad Católica e Valparaíso y actualmente trabaja como en ingeniería de soporte técnico para Oracle. Sirvió como misionero de tiempo completo en la Misión Argentina Neuquén.

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Daniel Ojeda Escobar

Vive en Santiago de Chile. Estudió Ingeniería de Ejecución en Informática en la Pontificia Universidad Católica e Valparaíso y actualmente trabaja como en ingeniería de soporte técnico para Oracle. Sirvió como misionero de tiempo completo en la Misión Argentina Neuquén.

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