5. Las relaciones interpersonales

Las habilidades interpersonales desempeñan un papel importante en el desarrollo y mantención de la confianza y los sentimientos positivos relacionados con el trato que tengamos con otros. Estas también forman el cimiento para desarrollar habilidades de negociación interpersonal creativas. Para evitar los sentimientos de antagonismo.

Ritos sociales

La unidad más básica de una sana interacción humana es la caricia psicológica —una palabra o gesto para hacerle saber a otro que nos hemos percatado de su presencia y la valoramos. El intercambio mutuo de caricias psicológicas es un rito común que forma parte de los saludos preliminares, algo que ocurre antes de conversar sobre algún negocio o tema. Estos nos ayudan a mostrar que valoramos los sentimientos del otro. La expresión caricia psicológica connota un contacto íntimo, tal como el de un recién nacido que es acariciado, pellizcado, o al que se le dan palmaditas de cariño.

Cuando era un adolescente le pedí a uno de los campesinos que trabajaba en nuestro predio agrícola que ensillara mi yegua e hiciera una serie de otras cosas que necesitaba. Él me contestó con un simple, «¡Buenos días!». Pasé bastante vergüenza, pero nunca he olvidado la reprensión. Me quedó claro que me estaba diciendo, «No soy su tractor o su caballo, ¡soy una persona!».

Los adultos generalmente no vamos repartiéndonos pellizcos o palmaditas (excepto en el campo de fútbol), pero podemos estrechar las manos, hacer señas, o saludar. Una gran parte de estas caricias se llevan a cabo por medio de la comunicación verbal o del lenguaje corporal. Ejemplos de esto son los ademanes, sonrisas, miradas de comprensión, saludos e incluso un envío de flores.

Entre cónyuges, las caricias físicas son una forma importante de mostrarse interés y cariño. Las caricias físicas entre amigos o conocidos pueden incluir poner una mano sobre el hombro, codo o espalda de otra persona. Dentro de nuestra cultura latina también se conserva el beso en la mejilla —aunque existen variaciones entre los países.

Las personas, sin embargo, pueden incomodarse o molestarse con algunas caricias psicológicas físicas. Una joven comentó que un conocido confundió unas palmaditas de aprecio que ella le brindó por un interés romántico. A sí mismo, un hombre confundió las intenciones de una joven juguetona (que le había echado agua en una ocasión y tomado de la camisa en otra).

La gente puede abrigar resentimientos hacia los contactos físicos, no sólo por tener connotaciones sexuales en ciertos contextos, sino que además muchas veces representan una muestra de superioridad. Mario, uno de los gerentes de la empresa, solía poner su brazo sobre los hombros de María del Carmen y las otras jóvenes trabajadoras de la empresa. El día que María del Carmen puso su brazo sobre los hombros de su jefe, él se sintió visiblemente incómodo. Como resultado, Mario cesó esta práctica desagradable.

En cuanto a caricias físicas, podemos tener diversos sentimientos dependiendo de la situación y personas involucradas. Cuando estas caricias provengan de un individuo podemos sentir apoyo o consuelo, pero resentimiento cuando brotan de otro.

Las personas tienen una necesidad tan grande de percibir la atención de otros, que habitualmente prefieren sentir atención negativa a ser ignoradas. Intente imaginar lo incómodo que sería encontrarse con un amigo íntimo que no ha visto desde hace varias semanas y no poder saludarlo ni por gesto o palabra. Del folclor argentino me gusta el dicho, «Cuando dos se quieren bien, de una legua se saludan»3.

Lo opuesto a la caricia psicológica es actuar como si la otra persona no existiera; o sea, el desairar, hacerle el vacío, tratar con frialdad, dar vuelta la cara, o ningunear.

Algunas caricias psicológicas pueden ser algo neutral, que no comprometen, tal como «ya veo». Otras pueden demostrar más apoyo o interés: «Me contaron que su hija se casa, ¡qué fabuloso!» El lenguaje corporal y tono de voz juegan papeles importantes al fijar la intensidad del intercambio. Generalmente, cuando dos individuos se conocen bien y no se han visto durante algún tiempo, o cuando ha habido una catástrofe u otra circunstancia especial, se esperan caricias psicológicas más intensas.

Otras veces la mayor intensidad de una caricia psicológica puede compensar por su brevedad. Por ejemplo, podremos entender que una circunstancia especial amerite un intercambio más extenso, pero quizá no sea posible en el momento. Un vecino podría darle una entusiasta bienvenida a un amigo que regresa de vacaciones, «¡Hola, Mario! Qué gustazo verte. ¡Me tendrás que contar todos los detalles de tu viaje esta tarde! Voy de carrera antes de que cierre la tienda». Este saludo es acogedor y simultáneamente reconoce que falta más.

Un cambio drástico en la duración o intensidad del intercambio social sin una razón aparente, especialmente un acorte, puede afectar la autoestima de la otra persona o introducir sospechas que algo negativo está ocurriendo.4

Las caricias sicológicas —tal como el contacto visual u otras formas sutiles de mostrar validación— juegan una función de mantenimiento de la buena voluntad en las relaciones interpersonales. Sin ellas un conflicto podría surgir o intensificarse. Cuando existen conflictos, estas caricias habitualmente se desvanecen. Parte del proceso de reconciliación requiere que estos gestos vuelvan a establecerse, lo que muchas veces significa tragarse el orgullo.

Habilidades conversacionales

Una vez terminados los saludos preliminares, la gente sigue sus propios caminos o emprenden una conversación más extensa. La falta de habilidad para conversar también puede entorpecer las relaciones interpersonales. Entonces, ¿qué dificulta entablar una conversación con algunas personas? El tipo que siempre habla de sí mismo, sobre un solo tema, es demasiado pesimista, contesta en forma monosilábica, habla excesivamente, o es demasiado competitivo (puede superar cualquier cosa que usted le cuente).

Algunas conversaciones son muy animadas, llenas de interrupciones, intercambio de experiencias y opiniones. Mientras que la competencia para compartir ideas y sentimientos puede ser vigorizante, en algunas ocasiones también pueden dejar a ambas partes algo desvaloradas e insatisfechas.

En su libro The Lost Art of Listening (El arte perdido del escuchar), Michael Nichols nos dice: “El hablar y el escuchar crean una relación especial en la que el que toma la palabra y el que escucha están cambiando papeles constantemente, ambos maniobrando para obtener la posición deseada, las necesidades de uno compitiendo contra las del otro. Si lo duda, trate de compartir con alguien un problema que esté experimentando y vea cuánto tiempo transcurre antes que él lo interrumpa para compartir uno de sus propios problemas, describir una experiencia similar, o para ofrecer algún consejo —consejo que seguramente le encaje mejor a él que a usted (y está más relacionado con su propia ansiedad que a lo que usted quiere contarle)”5.

Algunos nos aseguran que pueden escuchar y estar ocupados en otra tarea al mismo tiempo, tal como estar inmersos en la computadora, leyendo el periódico o afanándose con otro asunto. Ciertos individuos son capaces de lidiar con múltiples actividades en forma instantánea. Sin embargo, el mensaje que percibe el interlocutor es desconcertante: «Usted no es tan importante como para que le preste toda mi atención».

Los buenos conversadores tomarán turnos tanto para hablar como para escuchar.6 Por supuesto, hay ocasiones en que una persona sólo necesita ser atendida por medio de la escucha empática. No se trata de una conversación sino el permitir que el individuo se desahogue. El talento trascendental, entonces, no sólo es escuchar, sino que también demostrar que estamos poniendo atención.

Pero volviendo al asunto de la conversación, la dificultad florece cuando la gente habla más que lo que les corresponde. Esto puede ocurrir cuando los individuos no se sienten escuchados o cuando padecen de una autoestima reducida.7 Cuando permiten que otro hable, temen que perderán su turno. Cualquiera sea el motivo, el monopolio de la conversación terminará en alienar a otros.

Al extremo opuesto de la gente que habla mucho se encuentra el individuo que hace pucheros y rehúsa hablar. La persona que no tiene algo que añadir o no está segura cómo expresar sus sentimientos en el momento, en cambio, puede pedir más tiempo para reflexionar en vez de mantenerse en silencio.

El mantener nuestros comentarios cortos (no tomarse el vaso al seco) y asegurarnos que la otra persona siga interesada son dos técnicas esenciales del diálogo. En una conversación productiva, los individuos normalmente comparten tanto el hablar como el escuchar en forma equitativa.

Se sirve una copita ‘e tinto?

Pero el punto esencial, aquí, es el de evitar los extremos. Hace décadas que no he consumido alcohol, pero tuve una experiencia interesante a los diecisiete, antes de unirme a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Asistí a una ramada en mi pueblo, San Javier, para celebrar el Dieciocho de Septiembre, fecha de la independencia de Chile. Un trabajador de una viña vecina se me acercó tambaleándose, con un vaso de vino en su mano.

—Patroncito, ¿se sirve una copita ‘e tinto?

—No gracias, caballero —le contesté atentamente.

—Ah, chitas, se le nota que no es na’ chileno, pos —y con eso me sacó la patria.

—Caballero, me puede convidar ese vasito —le respondí medio picado.

¡Salud, pues! —me respondió muy contento y compartió su vaso de tinto.

Después de vaciar el vaso, él me quedó mirando atónito. Si el hecho que hubiese rehusado el vaso de vino le causó un disgusto, ahora parecía estar mucho más molesto. Después de que se le pasara algo el shock de quedarse con el vaso vacío, procedió a darme una lección sobre las relaciones interpersonales.

—Patroncito, le voy a enseñar cómo lo hace la gente del pueblo, pos.

—Bueno —le dije con curiosidad.

—Sí, pos —comenzó—, si alguien le ofrece una copita usted la asujeta y conversan y después la degüelve, pues; o conversan y toma un sorbito y la degüelve, ¡pero no se la toma toa, pos!

Quizá esta misma lección se pueda aplicar para evitar los extremos en la conversación. El mantener nuestros comentarios cortos (no tomarse el vaso al seco) y asegurarnos que la otra persona siga interesada son dos técnicas esenciales del diálogo. En una conversación productiva, los individuos normalmente comparten tanto el hablar como el escuchar en forma equitativa.

Gregorio Billikopf Encina
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Gregorio Billikopf Encina

Gregorio pertenece a la Rama Llanquihue, Estaca de Puerto Montt, Región de los Lagos, Chile. Es el autor de Isaías testifica de Jesucristo y un académico emérito de la Universidad de California y profesor de la Universidad de Chile; autor de Mediación Interpersonal: Facilitando el diálogo entre las partes (5ta edición) y Administración Laboral Agrícola: Cultivando la productividad del personal (2da edición). Gregorio es hijo de padre judío y madre chilena. Se unió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días después de encontrar a Cristo al leer el Libro de Mormón. Puede comunicarse con el autor a través de bielikov2@yahoo.cl.
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