Jamás lo soltaré: ministrar a la manera del Señor

Con Linda, mi esposa, tenemos el gran privilegio de servir como consultores de templo e historia familiar del consejo de coordinación de Osorno, Chile. El sábado 21 de abril participamos en un día de descubrimiento en la Estaca de Valdivia. Sentimos fuertemente el espíritu de Elías en esa bella reunión. Varios hermanos prepararon ricos platos con recetas familiares y también compartieron recuerdos.

Nos despedimos con fuertes sentimientos de gratitud y viajamos de vuelta a casa, la que queda a menos de tres horas. Viajamos en la carretera 5 Sur. Por lo general mi esposa maneja. Aprovechamos a conversar de nuestros viajes pendientes, deleitarnos en la mano del Señor en su obra, y hacer llamadas relacionadas a nuestro llamamiento.

Cuando quedaba menos de una hora para llegar a nuestro hogar, la rueda derecha delantera cayó en un desnivel (había sólo una pista y habían cerrado la otra). Estaba obscuro y había empezado a llover.

Mi esposa intentó controlar el vehículo que comenzó a girar hacia la izquierda y después a la derecha. Unos segundos más tarde el auto salió volando por el lado derecho y dejamos la carretera atrás. Es interesante todo lo que se piensa en momentos como estos. Yo pensé, “Esto no puede estar pasando ya que específicamente oré para que el Padre nos protegiera”. Sentí el Espíritu asegurándome que el Padre igual nos estaba protegiendo.

Volamos por el aire volcándonos una vuelta completa y eventualmente aterrizamos con el lado del chofer hacia el suelo. Nadie debe habernos visto salir disparados de la carretera ya que nadie vino a rescatarnos. Estábamos atrapados.

Con mi linda esposa nos aseguramos mutuamente. Habíamos pasado un buen susto pero estábamos bien. Pronto nos dimos cuenta de que por la obscuridad nadie nos vería.

Tuve que hacer varias llamadas y mandar nuestra ubicación por medio del GPS en el WhatsApp. Cuando pensamos que quizás nadie nos encontraría mi esposa se puso a llorar. Estábamos en un hoyo a unos diez a quince metros de la carretera, con los faroles encendidos hacia el lado opuesto y en contra de una mata de moras de algún tipo.

Linda había sugerido que me bajara del auto para tratar de ir a buscar ayuda. Le expliqué que eso no sería fácil. Todo el peso de mi cuerpo estaba en contra del cinturón de seguridad, con la fuerza de gravedad que me imposibilitaba moverme.

Después de lo que pareció toda una eternidad, pasados alrededor de unos 45 minutos, pude discernir que alguien estaba apuntando una linterna hacia el auto. “¡Están aquí!” le dije a mi esposa, “nos han encontrado”.

Los paramédicos preguntaron si estábamos bien. Con una mano en contra de la ventana les indiqué que sí. Me sorprendí cuando ellos abrieron la puerta ya que pensaba que estaba trabada. Era la fuerza de la gravedad que no me había permitido abrirla.

Después que los paramédicos abrieron la puerta, vi la cara de un ángel ministrante, nuestro presidente de estaca, el Presidente Sergio Vargas.
El Presidente Vargas me miró en forma penetrante y me invitó a recibir de su ayuda para salir. Y entonces pronunció las palabras que penetraron hasta lo más profundo de mi alma:

“Jamás lo soltaré”.

En ese momento lloré.

La palabra jamás es muy especial y no se encuentra en todos los idiomas. Por ejemplo, en inglés uno diría “nunca” ya que la palabra jamás no tiene un equivalente en ese idioma. Jamás es una expresión bíblica, לְעוֹלָם לֹא.

Sentí la presencia de no sólo mi querido Presidente Vargas, pero ַademás percibí que ya no era su voz la que hablaba, sino la de mi Salvador. Habló con poder y con autoridad y de inmediato recordé una de mis escrituras favoritas:

“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te fortalezco; siempre te ayudaré; siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia… Porque yo, Jehová, soy tu Dios, quien te sostiene de la mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudaré” (Isaías 41:10, 13).

Volviendo al auto, el Presidente Vargas me ofreció sus fuertes brazos. Ayudándole estaba mi querido hermano Cristian Carrillo.

Cuando me quité el cinturón de seguridad caí y aplasté a mi esposa, pero extendí ambas manos hacia el Presidente Vargas quien las tomó en las suyas y me levantó con su tremenda fuerza. El Salvador extiende sus manos y brazos hacia nosotros, pero somos nosotros los que debemos aceptar esa invitación para llegar a ser salvos. Nuestro Redentor nos dice, “Jamás te soltaré”.

Me di cuenta de que no hubiera sido posible bajarme del auto sin ayuda. Por nuestros propios méritos no podemos ser salvos. Una vez libre del auto, pude caminar hacia la ambulancia donde tuve que esperar para que llegara mi esposa. Quería ir a darle aliento a mi esposa pero no me lo permitieron. Ahí estaban mis queridos Presidente Ferroggiaro, hermana Carol Mansilla y hermano Lucho Piña. Todos habían venido al rescate. Muchos otros aceptaron la asignación de orar por nosotros desde Llanquihue y otras partes.

Transcurrieron otros 45 minutos antes de que mi esposa fuera liberada y llegara a la ambulancia, lo que hizo caminando. ¡Qué gozo! Los hermanos nos acompañaron al hospital, nos llevaron de vuelta a casa y nos ayudaron y nos ministraron en muchas formas.
Nos sentimos ministrados. Muchos fueron los que vinieron al rescate y muchos más quisieron hacer lo mismo y oraron por nosotros —oraciones que fueron contestadas.

En la Conferencia General de abril de 2018, el Elder Larry Y. Wilson enseñó que cuando estamos en medio de una tormenta, en un barco que está por naufragar, que ese no es el momento para tratar de reconocer la voz del espíritu por primera vez. Cuando vi a mi amado Presidente Vargas, pensé, uno de los motivos que me emocioné tanto con las palabras, “Jamás lo soltaré”, es porque la persona que pronunció estas palabras me había extendido el brazo de ministración una y otra vez.

Cuando un hermano necesita ser rescatado ya sea física o espiritualmente, quizás ese no sea el mejor momento de comenzar a ministrar. Es vital que realmente logremos amar a aquellas personas a las que ministramos. En el nuevo programa anunciado por el Presidente Russell M. Nelson, debemos aprender a ser ángeles ministrantes para que cuando un hermano necesite rescate, podamos decirle, “Jamás lo soltaré”.

Gregorio Billikopf Encina
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Gregorio Billikopf Encina

Gregorio pertenece a la Rama Llanquihue, Estaca de Puerto Montt, Región de los Lagos, Chile. Es el autor de Isaías testifica de Jesucristo y un académico emérito de la Universidad de California y profesor de la Universidad de Chile; autor de Mediación Interpersonal: Facilitando el diálogo entre las partes (5ta edición) y Administración Laboral Agrícola: Cultivando la productividad del personal (2da edición). Gregorio es hijo de padre judío y madre chilena. Se unió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días después de encontrar a Cristo al leer el Libro de Mormón. Puede comunicarse con el autor a través de bielikov2@yahoo.cl.
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