La incertidumbre junto al velo

incertidumbre junto al velo
Y me harán un santuario, y yo habitaré entre ellos

Cuando Moisés bajó de Sinaí, traía la encomienda de construir un tabernáculo “Y me harán un santuario, y yo habitaré entre ellos.” (Éxodo 25:8). En ese  tabernáculo estaría la presencia de Jehová. Así lo declara cuando les dice “Y allí me reuniré con los hijos de Israel, y el lugar será santificado con mi gloria.” (29:43). No ha habido un momento de la historia con una cercanía tan evidente entre Dios y el hombre. Pero a la vez estaba la incertidumbre junto al velo

El elemento principal del tabernáculo era el velo. El velo  tenía 4,60 de ancho por 4,60 de alto. No estaba partido en su mitad. Una vez al año el sacerdote se introducía a solas por un lateral en el lugar santísimo, para ofrecer un sacrificio por los pecados de él mismo y los del pueblo.
Cuando se construyo el templo de Jerusalén, el velo tenía diez centímetros y 18 metros de altura. Era una separación tenue y densa a la vez. Era posible apartarlo pero no atravesarlo.
         La enseñanza de ambos era la misma: la separación de su presencia no es un muro infranqueable, es de una naturaleza flexible, dúctil,   Es de una constitución distinta a las paredes y el suelo. No es una separación sólida.  Se puede desenrollar y plegar. El velo tiene bordado dos ángeles que anuncian y a la vez custodian la presencia de Jehová. Es un elemento muy significativo del templo pasado y presente.

El velo rasgado

El velo de ese templo se rasgó de arriba abajo en el momentos en que el redentor expiró en la cruz. Jesucristo, es nuestro sumo sacerdote, “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, sin mancha, limpio, apartado de los pecadores y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo, porque esto lo hizo una sola vez y para siempre, ofreciéndose a sí mismo.” (Hebreos 7:26-27)

Al ofreLa incertidumbre junto al velocerse como sacrificio él mismo, como sumo sacerdote, quedó la ley cumplida. Pues él era sin mancha y en su expiación colmó la justicia, quedando el hombre libre de las cadenas del pecado. El ser humano no necesitaba ya de un intermediario ante la presencia de Jehová detrás del velo. Estábamos habilitados para recibir la palabra de Dios de forma personal y directa, mediante la gracia del salvador.

El velo del templo ocultaba a Dios de la vista. Quien estaba al otro lado no podía verlo ni oírlo. No puedo imaginar una representación más exacta de la realidad. No vemos ni tocamos a Dios y no podemos atravesar ese velo. Queramos o no, el templo al igual que la realidad de fuera contienen un principio mayor o menor de incertidumbre. ¿Por qué no exponer el lugar santísimo, el arca y el espacio entre los dos querubines de su ofertorio, donde el sumo sacerdote se presentaba ante Jehová? …porque la realidad es esa, está velada.

Sin embargo existe otro velo y esta vez no es de lino trenzado.

El velo en Liberty

El profeta José Smith, ante ese velo real, suplica “Oh Dios, ¿en dónde estás? ¿y dónde está el pabellón que cubre tu morada oculta?” (DyC 121:1) y más adelante suplica, “que ya no quede cubierta tu morada oculta por más tiempo; inclínese tu oído; ablándese tu corazón y conmuévanse tus entrañas de compasión por nosotros.” (4)

La incertidumbre junto al velo
Yo provocaba un principio de incertidumbre

Al contrario de las iglesias cristianas, donde todo el altar es una representación de los cielos, en esos bellos retablos labrados, o pinturas artísticas de gran valor. En el tabernáculo y en el templo, no hay imágenes de Dios sino la incertidumbre de su presencia ante nuestros sentidos.
Por eso creo que ese principio de incertidumbre ante el velo es necesario para conocer a Dios. Aún cuando éste principio vaya acompañado de la fe y la esperanza, sigue siendo “un conocimiento imperfecto de las cosas” Ese principio no es extraño en la física moderna, donde Werner Heisenberg oficia en su ministerio.
Acostumbraba de joven a jugar con un sobrino en un riachuelo seco cercano a mi casa. Me divertía colocarlo en un borde  y pedirle que saltara. La distancia requería que yo lo cogiese en el aire a fin de que no cayera. No había peligro, pero para un niño era difícil confiar en que lo sostendría. Yo provocaba un principio de incertidumbre bastante claro.

El velo del templo

El velo del templo de Salomón y el velo ante el que suplicó en oración el profeta son necesarios. Provocan una contradicción en nuestra mente, un desequilibrio. Éste es necesario para tener fe. Para caer en una contradicción con los hechos. Este es el principio de incertidumbre al acercarnos a lo concreto de las revelaciones.
Los estados de duda son momentos sagrados, no son una muestra de debilidad. La certeza a menudo nos disuade de retirar  el velo en su esquina.
Nefi escucha a sus hermanos quejarse por no comprender las palabras de su padre Lehi y les pregunta.

¿Habéis preguntado al Señor?
Y me contestaron: No, porque el Señor no nos da a conocer tales cosas a nosotros” (
1 Nefi 15:8-9)
Esa respuesta es una certeza absoluta, si al menos dudasen, esa incertidumbre les ayudaría a apartar el velo lo suficiente como para entender a su padre. Pero ellos eran judíos de certezas y sin incertidumbres. No se permitían a sí mismos  el poder orar como José Smith, aun estando ellos, no en una cárcel, pero sí en un desierto oscuro y lúgubre.
Acercarse al velo
A veces acercarse al velo esta acompañado de momentos oscuros, “Entonces el pueblo se puso a lo lejos, y Moisés se acercó a la densa oscuridad en la cual estaba Dios.” (Éxodo 20:21)
Levantar el velo supone contradecir nuestros sentidos e incluso adentrarnos en zonas oscuras de nuestra alma. Arrodillarse en un bosque, supone el último recurso de alguien confundido, alguien que no encuentra respuesta en la certeza de todos los que le rodean. El velo nos lleva al camino del desatino ante el mundo.
La incertidumbre junto al velo
Podían construir una nación alrededor de ese templo

Israel, no entendía bien a Jehová. Era un Dios difícil de contener. Ellos confiaban en el templo, su casa. Sus muros, sus columnas, la riqueza de su interior. Las murallas, escalinatas, ritos sagrados, los oficiantes. Todo ello conformaba en sus mentes un orden certero y estable. Podían construir una nación alrededor de ese templo. Eso era para ellos una certidumbre.
Pero Jehová estaba dispuesto a arrasar su casa. No podían contenerlo en un edificio.

Todo su esquema se tambaleaba cuando entendían su casa como parte de un reino de hombres. Acercarse al velo, a su realidad, requería abandonar las certidumbres humanas, lo tangible y confiar en lo imposible. Creer en lo increíble. Que la rectitud del pueblo, y no sus murallas,  los librarían de sus enemigos del Norte, que Jehová era su salvación.
La incertidumbre junto al velo
           Nuestra situación es exactamente la misma, nuestro enemigo nos disuade de acercarnos a esa densa oscuridad. Estamos rodeados de certezas, ya no hay velo, todo puede ser explicado.  Nos dicen que la duda es una falta de información. Ese es nuestro reino del Norte. ¿Confiaremos en Jehová?

Desde detrás del velo escuchamos hablar a cada uno.
“He aquí, David, te digo que has temido al hombre, y no has confiado en que yo te fortalecería, como debiste haberlo hecho, sino que tus pensamientos han estado en las cosas de la tierra más que en las que son de mí, tu Creador…” (DyC 30:1-2)


Este es un artículo de opinión donde el autor expresa su punto de vista el cual es de su exclusiva responsabilidad y no necesariamente representa la posición de El Faro Mormón o la de alguna otra institución.

Fuente: teancum.es

David Moraza Brito

David Moraza Brito

Me bauticé a los 15 años. Estoy casado y tengo dos hijos. Mi formación es técnica, electrónica de telecomunicaciones y diseño y programación web.
Dedico mi tiempo libre al atletismo, al estudio de las escrituras y a compartir en teancum.es
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