Oración: En la ocasión en que retiré mi Espíritu

Después de mis primeros artículos sobre la oración, varios miembros me han contando que sienten que sus oraciones no están siendo contestadas. Muchos de ellos nacieron de padres que son miembros. En este artículo comparto algo sobre los susurros del espíritu. Realmente se trata de una voz apacible y delicada.

Hay ciertos momentos en los que he sentido el Espíritu en una forma muy intensa. Pero la mayoría del tiempo es sólo “una voz apacible y delicada” (1 Reyes 19:12b).

A pesar de que había recibido una confirmación de la veracidad del Libro de Mormón, tenía la impresión de que cada vez que volviera a terminar su lectura debía volver a orar sobre su veracidad.

No me acuerdo cuantas veces había terminado de leer el Libro de Mormón. En humildad volví a orar. El Espíritu Santo había sido mi compañero constante por alrededor de una década en ese entonces.

Al terminar la oración sentí que el Espíritu se retiraba y quedé solo. El espíritu me dejó tan rápido como el flujo de agua de una manguera se detiene cuando un grifo se apaga rápidamente. Sólo me quedaba un testimonio intelectual. 

Me acordé de haber conocido la veracidad del Evangelio, pero ya no tenía ese calor en mi seno.  El miedo y la desesperación se apoderaron de mí, pero no le dije ni una palabra a mi esposa ni a nadie al respecto.  El vació espiritual que sentí esos tres días fue tremendamente angustioso.

Después de tres días, le rogué a nuestro Padre Celestial por la restauración del Espíritu. Éste entró de nuevo como aguas cálidas que me llenaron de gozo.  

No olvidaré esa dolorosa experiencia. El Salvador sufrió por nosotros un dolor indescriptible: “Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo; padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar. Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres. Por lo que otra vez te mando que te arrepientas, no sea que te humille con mi omnipotencia; y que confieses tus pecados para que no sufras estos castigos de que he hablado, los cuales en muy pequeño grado, sí, en grado mínimo probaste en la ocasión en que retiré mi Espíritu” (DyC 19:16–20).

Probé lo que dicen las escrituras, sobre “… la ocasión en que retiré mi Espíritu” (DyC 19:20b).

¿Cómo explicar lo que me había ocurrido?  Había tenido la compañía del Espíritu Santo por años. Cuando uno se mete a un jacuzzi o bañera caliente, en un principio se siente muy fuertemente ese calor. Pero al permanecer el contraste entre el frío de afuera y el calor en la bañera de hidromasaje va disminuyendo. Parece como algo natural.

Llegué a comprender que esas ocasiones que sentí el Espíritu cuando no era un miembro, que el contraste era más marcado. A los que nacieron en la Iglesia, seguramente han sentido el Espíritu todas sus vidas y no es tan fácil distinguirlo como lo es a un converso.

Ha habido ocasiones en las que he estado caminando y orando y he tenido que parar para poder discernir la voz apacible y delicada del Espíritu.

También sentí que el Señor me estaba diciendo que no era necesario que orara cada vez que terminara el Libro de Mormón, en cuanto a su veracidad. Que yo ya sabía la respuesta.

Siento la gran necesidad de añadir una cosa más, algo que me da mucha vergüenza contarles. El Espíritu me está recordando que no siempre me fue fácil orar y discernir las respuestas. Me tomó mucho tiempo llegar a tener la confianza y lograr traspasar el velo en forma regular.

Antes de aprender a orar, cuando era un nuevo miembro de la Iglesia, ayuné por tres días. Quería saber la respuesta a una pregunta muy importante. Por el lado positivo, llegué a comprender cómo Satanás intentó que Jesucristo convirtiera las piedras en pan (Mateo 4:3). Tenía tanta hambre que se me hacía agua la boca al ver las piedras en mi camino.  

Este tipo de ayuno prolongado no fue muy sabio y me estaba exponiendo, en mi desesperación para obtener una respuesta, a recibirla del adversario. Cuando le conté a mi obispo, él muy sabiamente me mandó a comer. No podemos obligar a Dios a que nos hable, es verdad. Pero ya que Él nos quiere hablar, aprendamos a orar de tal modo que nos pueda responder con un “Sí, te he escuchado”.    

Deseo invitarlo a leer la serie sobre la oración desde un principio, ya que pienso que muchas veces el motivo que las personas piensan que sus oraciones no están siendo escuchadas, es que no están orando correctamente.    

Testifico solemnemente que Jesús es el Cristo, el hijo de Dios que nos redimió y si nos arrepentimos y lo seguimos podemos encontrar gozo en esta vida y la exaltación en la eternidad; y que el Libro de Mormón es verdadero.  He sentido al espíritu testificar con gran poder sobre estas cosas. El próximo artículo de la serie será, “No ores para que llueva ahora, ya que no va a llover”. 

Gregorio Billikopf Encina
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Gregorio Billikopf Encina

Gregorio pertenece a la Rama Llanquihue, Estaca de Puerto Montt, Región de los Lagos, Chile. Es el autor de Isaías testifica de Jesucristo y un académico emérito de la Universidad de California y profesor de la Universidad de Chile; autor de Mediación Interpersonal: Facilitando el diálogo entre las partes (5ta edición) y Administración Laboral Agrícola: Cultivando la productividad del personal (2da edición). Gregorio es hijo de padre judío y madre chilena. Se unió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días después de encontrar a Cristo al leer el Libro de Mormón. Puede comunicarse con el autor a través de bielikov2@yahoo.cl.
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