Usted es un descendiente directo de Abrahán, Isaac y Jacob

Estamos recogiendo a Israel en forma literal. O sea, a los hijos de Jacob que están esparcidos por todo el mundo. La gran parte de Israel —excepto parte de la tribu de Judá— no comprende su patrimonio. Dentro de Judá hay otras tribus mezcladas, como veremos, especialmente las de Benjamín y Levi. Este es el segundo artículo en la serie sobre cómo el Antiguo Testamente (o Biblia Hebrea) testifican sobre el Libro de Mormón.

El Evangelio de Jesucristo será aceptado primero por Efraín (y Manasés está comprendido también) y eventualmente por las otras tribus de Israel, y finalmente, por Judá. El libro de Zacarías habla particularmente sobre el recogimiento de Judá.

Brigham Young (Journal of Discourses 2:268–269, 8 April 1855) y Joseph Fielding Smith (Doctrines of Salvation 3:246) han dejado claro que la mayoría de los que aceptarían el Evangelio son descendientes literales de Israel. ¿No es conmovedor saber, al trabajar en la obra misional, que estamos literalmente ayudando a congregar a Israel en cumplimiento a las promesas que se encuentran en Deuteronomio 30:1–6? ¿Así también al llevar a cabo la obra vicaria para nuestros antepasados fallecidos?

El Presidente Joseph Fielding Smith enseñó: “El Señor dijo que esparciría a Israel entre las naciones gentiles, y al hacerlo bendeciría a las naciones gentiles con la sangre de Abrahán. Hoy estamos predicando el evangelio en el mundo y estamos recogiendo, de acuerdo con las revelaciones dadas a Isaías, Jeremías, y otros profetas, a las ovejas esparcidas de la casa de Israel. Estas ovejas esparcidas están apareciendo mezcladas con sangre gentil de sus antepasados gentiles. En todas las circunstancias es muy posible que la mayoría, casi sin excepción, de los que están entrando a la iglesia en esta dispensación tienen la sangre de dos o más de las tribus de Israel, así como la sangre de los gentiles” (Answers to Gospel Questions, 5 vols., Salt Lake City: Deseret Book Co., 1957–66, 3:63.)

El Presidente Joseph Fielding Smith, hablando de casi cien años atrás, declaró: “La gran mayoría de los que se convierten en miembros de la iglesia son descendientes literales de Abrahán a través de Efraín, hijo de José” (Improvement Era, Oct. 1923, p. 1149). Hoy en día el número de conversos de las otras tribus está aumentando rápidamente. Judá es un caso especial que veremos más detalladamente en otra ocasión.

La excepción es la persona que ha sido adoptada a Israel —y yo no presumiría la adopción a menos que la bendición patriarcal lo diga— la que será tan partícipe de las bendiciones de Abrahán, Isaac y Jacob como aquellas que son descendientes directos.

Gentiles, naciones gentiles y paganos

Las palabras pueden tener múltiples significados según su contexto. Algunos tienen la filosofía de que las palabras deben ser traducidas de la misma forma a través de la Biblia. Aunque esto suena loable, la premisa es defectuosa. Las palabras en hebreo también tienen múltiples aceptaciones tal como los vocablos en español, inglés o cualquier idioma.

A menudo, se requieren varias palabras para proporcionar una buena traducción —este no es un tema limitado a la traducción bíblica. Hay vocablos que no tienen una traducción equivalente en el idioma al que estamos traduciendo. Por ejemplo, el término sobremesa en español (el tiempo relacionado con la conversación que puede seguir después que las personas han dejado de comer) no tiene un equivalente en inglés. Cuando hay expresiones que puedan traducirse en varias formas, el traductor o interprete tiene que comprender el contexto. Es imposible, entonces, traducir sin interpretar.

La expresión hebrea הַגּוֹיִם, HA-Goyim, suele ser traducida de diversas maneras, tal como los paganos (en algunas ediciones en inglés), los gentiles, las naciones, o las naciones gentiles. Cada una de estas traducciones tiene diversos significados. Una vez más, el contexto del término גוים en hebreo dicta la mejor traducción al español. El traductor es un intérprete que debe comprender lo que el autor quería decir. De vez en cuando se equivocará.

Existe una diferencia importante entre gentiles y naciones gentiles. El término nación es a menudo elíptica o implícita cuando se usa la palabra gentil.

Hemos aprendido que son los gentiles los que llevarían el Evangelio a Israel dispersado, pero lo que realmente significa es que las naciones gentiles lo harían. Se dice que por un lado el profeta José Smith era un descendiente puro de Efraín (Journal of Discourses 2:268–69), pero que era un gentil por el otro. Una vez más, es fácil comprenderlo cuando pensamos que él nació en una nación gentil (en contraste con una nación israelita o lamanita, por ejemplo).

En ocasiones siento que cuando hay cosas positivas que decir se utiliza el vocablo gentiles. La expresión las naciones podría ser mejor e incluir a Judá. Recuerde una vez más que todo esto es la opinión del traductor ya que la palabra en hebreo es idéntica en cada caso, גּוֹיִם.

Dentro de las naciones gentiles encontramos a los descendientes de Jacob de las otras tribus (y por supuesto algunos de Judá también). A no ser que sean miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, son pocos los que comprenden que son descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob (o Israel). En cuanto a los países europeos, y grandes partes de los EUA y Canadá, se puede hablar de naciones gentiles y sus tribus asociadas con las tribus perdidas de Israel.

¿De qué tribus provienen las naciones lamanitas?

Según el Élder Erastus Snow, José Smith enseñó en las 116 páginas del manuscrito perdido, Ismael era descendiente de Efraín (JD 23:184). En Alma 10:3 encontramos que Lehi era descendiente de Manasés. “Y Aminadí era descendiente de Nefi, que era hijo de Lehi, que vino de la tierra de Jerusalén, y el cual era descendiente de Manasés, que era hijo de José, el que fue vendido para Egipto por sus hermanos” (Alma 10:3).

El continente americano, entonces, estaba poblado por al menos tres tribus, Efraín, Manasés y Judá. Este último, por medio de Mulek, que salió de Jerusalén once años después de que Lehi lo había hecho, y que formó la comunidad de Zarahemla.

Debido a que los hijos de Lehi se casaron con las hijas de Ismael, los descendientes de los lamanitas podrían recibir sus bendiciones a través de Efraín o de Manasés, pero tienen ambas sangres corriendo por sus venas. La tercera tribu más común en Sudamérica parece ser la de Judá. La tribu de Manasés es más predominante en México mientras que la de Efraín lo es en Chile. Nuestros países latinoamericanos además contienen la sangre de las tribus perdidas por medio de nuestros antepasados europeos.

Hay entonces por lo menos dos fuentes de la sangre de Efraín: la que los Santos reciben de (1) las naciones gentiles (por medio de las tribus perdidas) y (2) de los pueblos lamanitas.

La sangre de Efraín de las naciones gentiles fue la que fue esparcida después de que Asiria capturó a las tribus que eventualmente se conocieron como las tribus perdidas. La sangre de Efraín de las naciones lamanitas remonta específicamente a los descendientes de Lehi e Ismael y sus esposas —que incluye a los pueblos del continente americano, así como muchas de las islas del mar.

En cuanto a nuestras propias bendiciones patriarcales, como ya hemos mencionado, es muy probable que tengamos la sangre de varias tribus corriendo por nuestras venas. Sin embargo, recibimos nuestras bendiciones a través de la tribu mencionada en nuestra bendición patriarcal.

Tengo una mezcolanza de sangres. Mi padre y toda mi familia paterna son judíos (mi ADN también muestra que el 50% de mi sangre es judía, aunque seguramente también está mezclada con la de Benjamín y Levi) y por medio de mi madre chilena tengo sangre española y de otros países europeos y también lamanita (de las tribus mapuches e inca). Mi ADN específicamente menciona la sangre nativa de Chile, Perú y Ecuador. También lo sabemos por medio de la historia familiar. Mi bendición patriarcal indica que recibo mis bendiciones por medio de Efraín (mi sangre de Efraín está compuesta tanto del Efraín asociado con las tribus perdidas por el lado europeo y por las tribus lamanitas por el lado nativo. Como ya explicamos, por el lado lamanita tendría una combinación de tribus incluyendo Efraín, Manasés y Judá.

La guerra civil de Israel

Durante mucho tiempo, los hijos de Jacob fueron desobedientes al Señor “pues me volvieron la espalda y no el rostro” (Jeremías 2:27b). El Señor nos recuerda que el convenio abrahánico fue quebrantado: “Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo; y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien. Y no escucharon ni inclinaron su oído, sino que caminaron en sus propios consejos, en la dureza de su malvado corazón, y fueron hacia atrás y no hacia delante, desde el día en que vuestros padres salieron de la tierra de Egipto hasta hoy. Y os envié a todos los profetas, mis siervos, cada día madrugando y enviándolos. Pero no me escucharon ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su cerviz e hicieron peor que sus padres” (Jeremías 7:23–26, énfasis añadido).

En la época del nieto del rey David, el del rey Roboam, Israel fue dividido por una guerra civil. Este triste giro de los acontecimientos fue el resultado de la iniquidad que existió desde lo más alto hasta lo más bajo; desde el rey hasta el dignatario, desde el hombre común hasta el falso profeta. En las palabras de Isaías, “Y Jehová cortará de Israel cabeza y cola, rama y caña, en un mismo día. El anciano y venerable de rostro es la cabeza, y el profeta que enseña mentira es la cola” (Isaías 9:14-15).

La historia de la división es fascinante. Jeroboam se allegó al rey Roboam y exigió mejor trato en nombre de las diez tribus del norte. Jeroboam dijo: “Tu padre [o sea, el rey Salomón] agravó nuestro yugo; y ahora, disminuye tú algo de la dura servidumbre de tu padre y del yugo pesado que puso sobre nosotros, y te serviremos” (1 Reyes 12:4).

El rey Roboam actuó sabiamente al pedir tres días para pensar las cosas y dar una respuesta adecuada. Primero buscó el consejo de los ancianos. Éstos proporcionaron consejos sabios: “Y ellos le hablaron, diciendo: Si hoy te haces siervo de este pueblo y lo sirves, y les respondes y les dices buenas palabras, ellos te servirán para siempre” (1 Reyes 12:7).

Roboam abandonó la sabiduría de los ancianos y le dio más importancia a la de los jóvenes, sus contemporáneos. Estos le aconsejaron que debía hablar con la gente diciendo algo más o menos como: “El menor dedo de los míos es más grueso que los lomos de mi padre. Ahora pues, mi padre os cargó con un pesado yugo, pero yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, pero yo os castigaré con escorpiones” (1 Reyes 12:10b–11). Algunos han sugerido que los escorpiones eran látigos con objetos adheridos muy afilados que desgarraban la carne.

La respuesta prepotente fue desastrosa: “Y cuando todo Israel vio que el rey no les escuchaba, el pueblo respondió al rey, diciendo: ¿Qué parte tenemos nosotros con David? No tenemos herencia en el hijo de Isaí. ¡Israel, a tus tiendas! David, mira ahora por tu casa!” (1 Reyes 12:16a).

Así, la nación unida de Israel, compuesta por doce tribus, dejó de serlo. Las diez tribus del norte estaban ahora gobernadas por el rey Jeroboam, y conservaron el título de Israel. También eran conocidos por su tribu más prominente, Efraín, así como por su capital, Samaria (según al rabino Ibn Ezra, otra razón por este honor es que Jeroboam, su primer rey, era de Efraín).

Mientras tanto, el rey Roboam fue capaz de retener las dos tribus restantes (Judá y Benjamín y parte de Leví). Se les apodó por el nombre de Judá, su tribu más preeminente, y a veces por Jerusalén, su capital. Un intenso odio dividió las tribus del norte y del sur.

En Isaías 9:21, leemos del odio que sentía el norte hacia Judá, así como las riñas internas entre Efraín y Manasés. Ciertamente Efraín odiaba a Manasés y Manasés detestaba a Efraín. Ambos aborrecían a Judá y Judá los despreciaba de vuelta. El panorama era sombrío.

Jehová rechazado como rey

La espiral descendente podía ser trazada a un tiempo anterior. Saúl fue nombrado rey sobre las doce tribus durante los tiempos de los jueces porque los hijos de Jacob rechazaron a Jehová como su Rey en preferencia a un soberano terrenal. La gente quería ser como todas las naciones que los rodeaban.

Samuel el profeta se sintió rechazado por los hijos de Israel en esta cosa. El Señor permitió que la gente tuviera su albedrío: “Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan [o sea, dales el rey que ellos piensan que desean], porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1 Samuel 8:7).

¿Por qué Lehi e Ismael vivieron en Jerusalén?

Mientras que ambas naciones hicieron lo que era malo a la vista del Señor, al principio Efraín (las diez tribus norteñas) era mucho más malvado que Judá (las dos tribus del sur). Jeroboam, rey de Efraín, construyó un altar falso y ordenó un sacerdocio ilegítimo (1 Reyes 12:26–31).

Tanto Lehi como Ismael pertenecían a las tribus norteñas de Israel, pero vivieron junto con las tribus de Judá en Jerusalén. Como dijimos, Lehi pertenecía a la tribu de Manasés (Alma 10:3) mientras que Ismael era de la tribu de Efraín (Joseph Fielding Smith, Answers to Gospel Questions, 1:141).

¿Por qué vivían ellos en Jerusalén entre las tribus de Judá y Benjamín? Los más justos que vivieron dentro de los territorios de Efraín en el norte empezaron a emigrar al sur, a Jerusalén, y así leemos: “Acudieron también de todas las tribus de Israel los que habían puesto su corazón en buscar a Jehová Dios de Israel; y vinieron a Jerusalén para ofrecer sacrificios a Jehová, el Dios de sus padres” (2 Crónicas 11:16b).

También leemos: “Con todo eso, algunos hombres de Aser, y de Manasés y de Zabulón se humillaron y vinieron a Jerusalén” (2 Crónicas 30:11).

También: “Y habitaron en Jerusalén, de los hijos de Judá, y de los hijos de Benjamín, y de los hijos de Efraín y de Manasés” (1 Crónicas 9:3).

La Biblia, entonces, nos da muy buenos motivos por los que Lehi e Ismael se encontraban en Jerusalén. El éxodo de los justos del norte hacia Judá dejó a Efraín (hablando de las diez tribus) en un estado aún más idólatra.

El Principio Oseas

Entre los profetas enviados para advertirle a Efraín (tribus norteñas), estaba Oseas. Se le pidió al profeta Oseas que le diera por nombre a su hijo, לֹא עַמִּי Lo-ammi (לֹא, Lo, no; עַמִּי, am, pueblo; ammi, mi pueblo): “Y dijo Dios: Ponle por nombre Lo-ammi, porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios” (Oseas 1:9).

Note las palabras, “porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios”. Esta elipsis teológica nos recuerda de la Lluvia en su temporada, y la promesa de que el Señor sería nuestro Dios y nosotros su pueblo. Pero ahora el Señor nos está diciendo que Él se está retirando, ya que los hijos de Jacob quebrantaron el convenio. Así como la promesa original me llena de gozo, siento que estas palabras me atraviesan el cuerpo como una espada dolorosa.

Sin embargo, hay buenas noticias, ya que no todo está perdido. En el siguiente párrafo el Señor nos hace saber que, en los últimos días, después de que las bendiciones y las maldiciones tuvieran lugar (todo esto en forma elíptica), el convenio abrahánico sería instituido una vez más:

“Con todo, será el número de los hijos de Israel como la arena del mar, que no se puede medir ni contar. Y sucederá que en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois mi pueblo, se les dirá: Sois hijos del Dios viviente” (Oseas 1:10).

Yo lo llamo el Principio Oseas. Cada vez que el Señor habla con fuerte amonestación, pronto sus palabras se vuelven en tiernas misericordias [חֶסֶד].

Cristo enseñó a sus discípulos a seguir este mismo patrón, “… demostrando mayor amor hacia el que has reprendido” (D&C 121:43b). El Salvador repetidamente es nuestro ejemplo por seguir en las escrituras.

El Señor amonesta: “Fueron lentos en escuchar la voz del Señor su Dios; por consiguiente, el Señor su Dios es lento en escuchar sus oraciones y en contestarlas en el día de sus dificultades. En los días de paz estimaron ligeramente mi consejo, mas en el día de sus dificultades por necesidad se allegan a mí” (DyC 101:7–8).

Esta última amonestación es seguida por una muy tierna invitación: “De cierto te digo, que no obstante sus pecados, mis entrañas están llenas de compasión por ellos. Yo no los desecharé completamente, y en el día de la ira me acordaré de tener misericordia” (DyC 101:9).

Junto a Alma podríamos exclamar, “Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:20b). El día vendría cuando una vez más el Señor diría, “Sois hijos del Dios viviente”. En el tercer artículo de la serie, conversaremos sobre la dispersión de Israel y su recogimiento.

Gregorio Billikopf Encina

Gregorio Billikopf Encina

Gregorio pertenece a la Rama Llanquihue, Estaca de Puerto Montt, Región de los Lagos, Chile. Es el autor de Isaías testifica de Jesucristo y un académico emérito de la Universidad de California y profesor de la Universidad de Chile; autor de Mediación Interpersonal: Facilitando el diálogo entre las partes (5ta edición) y Administración Laboral Agrícola: Cultivando la productividad del personal (2da edición). Gregorio es de descendencia judía por el lado paterno y chilena por el lado materno. Se unió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días después de leer el Libro de Mormón. No necesita permiso especial para compartir estos mensajes. Si desea comunicarse con el autor, puede hacerlo a través de bielikov2@yahoo.cl.
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